Después de mucho reflexionar tengo ya la certeza de que 1+1 no son 2. 1+1 son 1+1. Quién diga lo contrario está equivocado y esa equivocación la pagará muy cara. Si 1+1 fuese igual a 2, como siempre nos hicieron creer y así desde chiquitines nos enseñaron, la individualidad de los componentes desaparece en el resultado final. Ya se sabe que el uno y el otro, es decir 1+1, no tienen el mismo peso, por ello es inevitable que uno prime sobre el otro por lo que las partes de este ente resultante, es decir el 2, no tienen la misma proporcionalidad. Al tener diferente peso no están igualmente satisfechos. Eso es una verdad indiscutible en esta curiosa suma. ¿Estarán de acuerdo, no?
Por ello insisto que 1+1 no deben dar como resultado el número 2. Debería siempre ser 1+1. Se demuestra pues lo que me temía: nos enseñaron mal la tabla de sumar, responsabilidad compartida entre padres y enseñantes. Convendrán conmigo que es una faena haber estado gran parte de nuestra existencia haciendo mal las sumas.
Manda truco! no?
El descubrir este error puede llevar toda una vida. A veces se descubre de forma imprevista, otras por reflexión previa y otras muchas por decisión de 1 de los 1. En todo caso, una vez descubierto el beneficio es inmediato. Al menos debería serlo.
Porque el individuo es 1 y el 1 es poderoso, es fuerte, es, si así lo desea, empático, puede compartir, es solidario, puede unirse "n" veces. Es ante todo 1.
Nuestra sociedad, sin embargo, ha dado valor y sigue dándole al número 2 como resultado de esa suma equívoca. Y admite con dificultad que haya combinaciones en que las partes no sumen 2 sino que aparezcan como 1+1.
Cuántos problemas ha acarreado esto, verdad?
Ah! queridos lectores, aquí está el problema. Cuando un ente se funde en beneficio de una mezcla y perdiendo su propia identidad el resultado nunca será satisfactorio. Ningún 1 puede evitarse permanentemente en beneficio del otro 1. Esto es ley.
¿Por qué me voy a aficionar a la fotografía si lo que me gusta es leer novelas?
¿Por qué voy a leer a Dona Leon si lo que me gusta es escuchar a Mozart?
¿Por qué tengo que dividir o restar cuando lo que quiero es multiplicar?
¿Por qué hacer ruido si lo que me gusta es el silencio?
¿Por qué debo diluirme para que tú existas?
Todas estas reflexiones produjéronseme observando mi entorno, observando números 2, contemplando la mezcla de 1+1, viendo la desaparición de cada número 1 en beneficio de una suma incorrecta, reflexionando en mi "unicidad", y sobretodo y muy especialmente, a causa de mi insomnio de esta noche.
Insomnio este producido, no por padecer un insomnio estructural, no. Sino por causa de una siesta inmensa, larga, profunda de hace unas horas que mantiéneme con los ojos bien abiertos y la mente revolucionada.
Mañana, que ya es hoy, me dedicaré, quizás, a Rosa Díez a la que hace mucho tiempo tengo semiolvidada. He sabido que muchos de sus compañeros de partido comienzan a abandonarle porque, ah! ilusos, pensaron que estaban defendiendo un proyecto político y no la ascensión a los supuestos cielos de madame Díez. El tema sin duda promete.
Descánsenme ustedes bien lo que queda de la noche.
Un abrazo a todos y todas. Por cierto, de esto, de la necesidad de utilizar aes y oes hablaré otro día.
Que tengan un buen lunes!
























